Puede que el castellano carezca de un puñado de términos extranjerizantes para abarcar todo el espectro de lo narrable pero, en justa compensación, nuestro idioma tiene una larga recua de vocablos intraducibles. Es por ello que el inglés necesita como agua de mayo nuestros “cuñado” y “tuerto”; el alemán los muy castizos “trapicheo” y “chanchullo” y el árabe el imprescindible “ojiplático”.
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