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En el infierno nos veríamos

Nunca pude soportar a los chivatos, desde la infancia. Siempre los desprecié y rehuí y me prohibí ser amigo de ninguno de ellos, y creo que ese sentimiento de repulsa era compartido por la mayoría de los niños. No sé cómo se aprendía, pero sin duda se aprendía en seguida que uno no debía chivarse, que eso era lo más bajo y ruin que cabía. Ni siquiera -o apenas- cuando era uno el perjudicado por la actitud o matonería de otro u otros. La ley no escrita de los chicos dictaba que tenía uno que arreglárselas por su cuenta, plantando cara...

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