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País Valenciano: una misma noche para todos

El domingo 28 de mayo, mientras transcurría la jornada electoral, hacia el mediodía, empezaron a circular los mensajes de preocupación de los apoderados y de los militantes a través de los grupos de Whatsapp y Telegram: “La nostra gent no ha eixit votar” decían. Los resultados electorales confirmaron esa misma noche los peores presagios y los datos que hemos ido conociendo a posteriori han ido corroborando lo que ya suponíamos, el bloque del Botànic no resistió como consecuencia de la desmovilización de una parte apreciable de su base electoral, especialmente a su izquierda. En definitiva, no nos ganaron las elecciones, las perdimos nosotros.

La desazón causada por los resultados electorales ha sido mayor si cabe porque según los estudios demoscópicos disponibles, la gestión tanto del gobierno del Botànic como del Ayuntamiento de València gozaba de un alto nivel de aprobación ciudadana. De hecho, ni el gobierno municipal ni el autonómico generaban en la derecha valenciana el grado tan exacerbado de animadversión y de virulencia que se palpa hacia el Gobierno de España.

Esto ha llevado a no pocos de los nuestros a sacar una conclusión quizá un tanto precipitada: perdimos porque no se votó en clave valenciana sino en clave estatal en un contexto de fuerte empuje de las fuerzas reaccionarias en toda España.

Sin embargo, esta es una explicación a medias que nos despoja de toda responsabilidad. Lo cierto es que la estatalización de la campaña no hizo sino cubrir un vacío. Durante meses, las fuerzas del Botànic realizaron una campaña electoral que parecía diseñada para pasar por debajo del radar. No se trataba tanto de movilizar a nuestra base social como de desmovilizar al electorado conservador y, para eso, era necesario no exacerbar los ánimos, no hacer ruido, no hacer mucho de casi nada.

No es esta una valoración que se haya limitado al campo progresista. Entre los opinólogos conservadores se ha generalizado también la tesis de que si el PP y VOX lograron una victoria electoral frente a un adversario aparentemente más fuerte y con liderazgos de perfil palmariamente bajo como Carlos Mazón y Maria José Catalá, era porque la ola de descontento contra el Gobierno de España les había elevado. En efecto, en la derecha valenciana también son conscientes de que no ganaron ellos las elecciones sino que las perdimos nosotros. Esto explica bastante más de lo que parece en lo acontecido durante las últimas semanas. La derecha valenciana no goza de un mandato, no se han articulado en el seno de la base social conservadora demandas sobre lo que deberían hacer o no hacer, tanto desde el Consell como desde los ayuntamientos. Simplemente no esperaban ganar.

Los resultados electorales del 28 de mayo han arrojado una cruel paradoja sobre nosotros. Hay Comunidades Autónomas, como Murcia o Aragón donde existe una inclinación hacia la derecha más pronunciada que en el País Valenciano y donde, sin embargo, VOX no entrará en el gobierno sencillamente porque el PP no les necesita. En sentido contrario, en el País Valenciano habrá un gobierno con la extrema derecha dentro a pesar de que eso genere, como estamos viendo ya, un importante rechazo social.

Quizás ese malestar hacia el acuerdo entre el PP y VOX esté contribuyendo a reactivar al electorado progresista ante la perspectiva de las elecciones generales. Sin embargo, vistos los 50 puntos que contiene su programa de gobierno, resulta mucho más llamativo analizar todo aquello que no contiene. El acuerdo no dice nada sobre la derogación de la ley de igualdad de derechos de las personas LGTBI, ni sobre la ley trans que existe a nivel autonómico, ni mucho menos sobre cargarse el pacto valenciano contra la violencia machista. Tampoco habla de derogar la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, ni de tomar medidas que paralicen el despliegue de las renovables. El anterior Gobierno del PP se cargó la sanidad universal dejando sin cobertura a miles de personas migrantes, no se dice nada al respecto en ese acuerdo. Nada del célebre pin parental o de las medidas contra el derecho al aborto adoptadas en Castilla y León. De hecho, de los 50 puntos, una parte sustantiva versan sobre materias en las que la Generalitat no tiene competencias y son, por tanto, inaplicables.

Es importante señalar esto, no porque no debamos temer lo que puedan hacer el PP y VOX desde el gobierno. Obviamente ese acuerdo no les limita en nada y podemos estar seguros de que van a hacer todo el daño que puedan. Pero es importante señalar lo anterior porque ellos mismos son conscientes de que no gozan de un mandato y de que, de momento, tienen que medir muy bien lo que hagan. Ahora bien, esto también debería ser indicativo para la oposición de por dónde irán los tiros. Sería un gravísimo error creer que debemos adoptar una actitud pasiva basada simplemente en reaccionar a lo que el PP y VOX vayan haciendo desde el Gobierno. No son estúpidos y no van a atacar ni donde nos venga mejor a nosotros, ni van a hacerlo a pecho descubierto. Atacarán donde más les convenga, cuando más les convenga y del modo más adecuado para sus intereses porque para eso van a gobernar. De momento, el único plan parece consistir en hacer algunos guiños a su base social: eliminar el impuesto de sucesiones y el de patrimonio, derogar la ley de memoria histórica y eliminar subvenciones a entidades que no les sean afines. ¿Es desolador? Sí, pero podría ser y de hecho será muchísimo peor.

A pesar de que la entrada de la extrema derecha en el Consell ha copado la actualidad política estos días, quien más debería preocuparnos es el PP. VOX ha aceptado un reparto de puestos de gobierno que está ampliamente por debajo de su representación electoral. A VOX no le interesan las Comunidades Autónomas ni gestionar sus competencias, lo que les interesa es entrar en los gobiernos autonómicos para ir sentando precedentes. Se trata de preparar el terreno para poder entrar en el Gobierno de España tras las elecciones generales.

De hecho, el PP gozará de un dominio cuasi pleno del ejecutivo y lo usará para hacer lo que mejor sabe hacer: retejer las redes clientelares que se fueron deshilachando y rompiendo a partir de su última etapa en el Consell, cuando ya no quedaba dinero que repartir. En buena medida, la composición orgánica de VOX en nuestro país es la de exmiembros del PP descontentos porque su anterior partido dejó de echarles pienso en el comedero. Un dato, los tres miembros de VOX que formaron su equipo para negociar el acuerdo de gobierno habían estado con anterioridad en las filas del PP. Lo que se ha firmado, no es un pacto que entronice a VOX, es un pacto para devorarlos, para retejer sus redes, para devolver a todas las gallinas de vuelta al corral. Colocar a VOX, en lugar de al PP, como nuestro principal adversario no hará más que otorgarle centralidad a este último y desarmará a la oposición a medida que VOX vaya quedando en una órbita más y más periférica.

Los resultados de las elecciones autonómicas y municipales así como la conformación de la candidatura de Sumar para las elecciones generales están suponiendo una importante reordenación del espacio de la izquierda, a la espera de los resultados del 23J. Unides Podem ha desaparecido de Les Corts Valencianes, aunque IU continúa teniendo un cierto grado de implantación a nivel municipal y ha logrado tener presencia también en la candidatura de Sumar. Compromís ha perdido 2 diputados sobre un total de 18 pero han caído también un número significativo de concejales y de alcaldías, incluyendo el que era el mayor símbolo de su poder institucional, el Ajuntament de València. Tanto en UP, de forma abrumadora, como en Compromís, de forma mucho más limitada, se ha combinado un cierto efecto de corrimiento electoral hacia el PSOE y, sobre todo, una desmovilización muy relevante hacia la abstención.

Desde hace algún tiempo flotaba en el seno de Compromís la tesis de que la desaparición de UP podría darles pie a ocupar todo el espacio de la izquierda e incrementar sus resultados electorales. Algo semejante a lo ocurrido con la desaparición de En Marea y su sustitución por el BNG o el declive de Elkarrekin y el fortalecimiento de EH Bildu. Ese planteamiento se ha demostrado equivocado. Al contrario de lo ocurrido en Galicia y el País Vasco, el debilitamiento de la izquierda estatal no ha supuesto un fortalecimiento de Compromís, del mismo modo que el auge de Podemos, entre 2014 y 2016, no supuso un debilitamiento de Compromís, algo que sí ocurrió, al menos, en los casos del BNG y EH Bildu.

Cabe añadir que Compromís nunca ha logrado un buen resultado por sí solo en las elecciones generales y europeas. Esto constata que una parte relevante de la base electoral de Compromís se siente afín a una formación de izquierdas de obediencia valenciana pero simpatiza, al mismo tiempo, con una alianza con la izquierda española y no aceptará mantenerse al margen de la dinámica política estatal. En ese sentido, la alianza entre Compromís y Sumar es una buena noticia porque podría alcanzarse lo que no se consiguió en 2015 y 2016, esto es, lograr una articulación política estable en el seno de la izquierda valenciana y su colaboración con la izquierda estatal sin perder su perfil valencianista. Las coaliciones electorales de És el Moment (2015) y A la valenciana (2016) que lograron un importantísimo resultado electoral en su momento, siendo segunda fuerza, no dejaron de ser, sin embargo, en el plano orgánico, lo que por entonces llamamos “un Blablacar a Madrid”. Es decir, una alianza que comenzaba con la inscripción de la coalición en el registro y terminaba al día siguiente de las elecciones.

Hay todavía algo más que señalar, aunque Compromís sea hoy la principal fuerza de la izquierda en el País Valenciano, sigue careciendo de una transversalidad social y territorial suficiente. Continúa existiendo un sesgo enorme en su implantación geográfica, siendo prácticamente inexistente en las comarcas castellanoparlantes, y especialmente en el sur, pero también con una importante infrarrepresentación en ciudades emblemáticas para la izquierda como la Vall d’Uixó, el Port de Sagunt, Buñol, Xàtiva, Elda o Alcoi. Es decir que, todavía hoy, existe una parte de la sociedad valenciana que, al margen de su autoubicación ideológica, continúa sin sentirse interpelada por la izquierda valencianista.

Volviendo a los resultados electorales del 28A, aunque estos han debilitado enormemente a la izquierda, han supuesto también una simplificación del espectro político. La competencia entre distintas fuerzas políticas en su seno parece haberse resuelto por la vía de los hechos, guste esto más o menos. A pesar de todo, esto puede suponer una oportunidad a medio y largo plazo si existe en la izquierda la inteligencia y la generosidad suficientes para consolidar un sujeto político que aúne el espacio electoral que ocuparon UP y Compromís, y que pueda concentrarse en la tarea principal: movilizar de nuevo a todos aquellos que se han marchado o se han retirado a la abstención.

En las elecciones autonómicas de 2015, los resultados conjuntos de Compromís, Podem e IU rebasaron el 33% de los votos, muy por encima del 20% en el que se quedó el PSOE con el peor resultado de su historia. Ese espacio electoral no solo se ha ido achicando hasta perder la mitad del caudal de votos que recibió hace tan sólo 8 años, sino que también derrochó la fuerza que la gente le había dado tanto en términos de presencia institucional como de capacidad de transformar esas mismas instituciones. Sin duda el balance de las dos legislaturas botánicas ha sido extraordinariamente positivo y fecundo, ahora bien, debemos reconocer también que perdimos una ocasión como no la habíamos tenido nunca, para cambiar no solo el gobierno sino configurar un nuevo mapa político.

La izquierda valenciana debe aprovechar ahora al menos dos ventajas que tiene respecto a sus homólogas en Madrid o Andalucía que tuvieron que afrontar una situación semejante a la nuestra. La primera de ellas es que aquí no se ha llegado nunca al grado de beligerancia y de confrontación fratricida que existe en el seno de la izquierda tanto madrileña como andaluza. Esto es algo que complicaría mucho la posibilidad de tender puentes y de poner orden a la interna para centrarse en lo realmente importante. La segunda diferencia es que en el País Valenciano existe un tejido social más fuerte y mejor organizado aunque, desde luego, no se encuentre en su mejor momento, ni en su mejor estado de forma. Esto es relevante porque si la izquierda no se reorganiza rápidamente y toma la iniciativa, le regalaremos al PP la posibilidad de fortificarse en el gobierno. O los sacamos en 4 años o ya no podremos sacarlos y nos arriesgamos a tener que soportar otra larga marcha como la de los 90 y los 2000.

El PSOE no hará esa labor por nosotros. Todo parece indicar que van a volver a la dinámica que les caracterizó precisamente durante aquel periodo. Un partido marcado por una elevada conflictividad interna, por la falta de una oposición firme al PP y por el desplazamiento constante hacia las posiciones del adversario convencidos de que situarse demasiado a la izquierda les restaba competitividad electoral. Los últimos acontecimientos señalan que el próximo presidente de la Diputació de València, Carlos Bielsa, está organizando su asalto al liderazgo del partido mientras que Ximo Puig prepara su salida marchándose al Senado. La victoria de Bielsa sería la constatación del triunfo de las tesis más antivalencianistas y derechistas del PSOE, perfectamente equiparables a Ciudadanos y al PP.

El título de este artículo es una cita de Horacio: Omnes una manet nox, la noche es la misma para todos. Todos vamos a padecer las consecuencias de la derrota como todos ganamos con las victorias. Justo ahora, cuando todo se está derrumbando, es cuando se abre la posibilidad de reorganizar el campo de la izquierda y de sentar las bases de un espacio político que rinda resultados en 4 años y que pueda aspirar no solo a desbancar al PP sino a encabezar un próximo gobierno y llevar a cabo las transformaciones pendientes que el país necesita. Es el momento de ampliar las miras.

| etiquetas: elecciones , autonomicas , 2023

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