Celtas en Iberia -arqueología y sustratos-

*** Antes de que alguno se adelante ya aviso yo mismo: con este artículo de nuevo perpetraré un AUTOPLAGIO (vid comments: www.meneame.net/go?id=3726861 )

 

   I ― INTERPRETACIONES ACTUALES

 En el anterior artículo presentábamos la cuestión “celta” a través de la información aportada por las fuentes clásicas y exponiendo el corpus de migraciones “célticas” definidas por la etnografía tradicional, teorías estas últimas hace tiempo superadas. Ahora intentaremos abordar sus registros de cultura material (arqueología) junto a la debatida cuestión de los “sustratos lingüísticos”

A mediados del siglo XX co­menzaron a surgir algunas voces críticas cuestionando la realidad de aquellas teorías “invasionistas”. Vilaseca, Maluquer, Sanmartí… admitían únicamente una aveni­da de gentes indoeuropeas: la co­rrespondiente a Campos de Urnas. Por su parte Gómez Mo­reno, Tovar y otros reclamaron mayor atención a los registros estratigráficos en relación a los lingüís­ticos. A Tovar, por ejemplo, se debe la propuesta de establecer tres áreas diferenciadas en la His­pania indoeuropea: área de las centurias del noroeste (hoy denominadas castella), área de las gentilidades (astures, cántabros, pelendones, vettones, lusitanos, carpetanos), y el territo­rio propio de celtíberos, berones y olca­des, que sería el único de lengua celta de tipo goidé­lico. También será Tovar quien llame la atención sobre un sustra­to “indoeuropeo occidental indi­ferenciado”, que relaciona con el Bronce Atlántico y estaría presente en aquellas zonas. Por su parte García Bellido reducirá a tres las grandes migra­ciones: indogermánicos preceltas, halltátticos protoceltas y celtas bel­gas belovacos, de las que tan solo a la última atribuye aportaciones étnicas significativas. Caro Baro­ja ofrecerá a su vez nuevas apor­taciones a esta cuestión desde la óptica de las áreas socioeconómi­cas.

Pero será a partir de 1.976 cuando se desmonte una de las principales estructuras de apoyo de aquellas migraciones: la difusión peninsular de la cerámi­ca excisa y de Boquique. En este sentido Molina y Arteaga establecen un origen autóctono de estos tipos cerámicos en la meseta (por ejemplo entre vettones), desvinculando su relación del horizonte halltáttico del Rhin y desmontando así la presunción de unas oleadas célticas basadas arqueológicamente, casi en ex­clusiva, en ese fósil director.

Actualmente, además de los documentados registros indoeuropeos de Campos de Urnas y Hallstatt, se tiende a aceptar la presencia de rasgos culturales correspondientes a otros pueblos de cultura indoeuropea “arcaica” en toda el área indoeuropea peninsular. Esta presencia lingüístico-cultu­ral (anterior a la formación del propio pueblo celta) se viene denomi­nando “indoeuropeo occidental indiferenciado” o “antiguo-euro­peo”, y su más clara descenden­cia lingüística se manifiesta en la lengua lu­sitana o lusitano-galaica (Ulrich Schmoll) a través de sus registros teonímicos, toponímicos y onomásticos y las particularidades gramaticales que la diferencian de las lenguas celtas: conservación del diptongo /eu/, de la /p/ inicial e intervocálica, de la raíz ‘pent-’… (rasgos que autores como Michelena y Villar consideran sin embargo procedentes de una antigua lengua itálica separada del latín, del osco y del umbro; pero esta ya sería otra cuestión).

Conforme a la hipótesis formulada por Almagro Gorbea y aceptada en líneas ge­nerales, se detectaría además dicho sustrato “antiguo-europeo” en el área de las creencias: inclinación al santua­rio rupestre, teonimia arcaica, saunas iniciáticas…; en el pobla­miento y la sociedad: núcleo cas­treño, vivienda circular, economía pastoril, práctica del abigeato, fratrías, división por grupos de edad…; en algunos térmi­nos lingüísticos arcaicos todavía en uso (río, arroyo, páramo, nava, berro­cal…); etc.

Se entiende a su vez que la pre­sencia de este sustrato arcaico “antiguoeuropeo” facilitaría la posterior celtización extendida por estas regiones directa o indirectamente por los celtíbe­ros.

  

 II ― REGISTROS ARQUEOLÓGICOS

 Dejando a un lado la presencia del “indoeu­ropeo occidental indiferenciado” o “antiguo-europeo” y su expresión en la mitad occidental de la península a través de un goteo persistente de influjos lingüístico-culturales asociados a la denominada “cultura atlántica del Bronce”, la arqueología pone en evidencia la entrada a partir del XI a.C., durante el Bronce Final, de pequeños grupos verdaderamente “in­doeuropeos” a través de los Piri­neos orientales, gentes que irían extendiéndose por el valle del Ebro, también al norte del mismo y por algunas zonas de la meseta. Se trata de gentes de la cultura de los “Campos de Urnas”, de la que a su vez se duda del verdadero ca­lado de su presencia: étnica o tan solo cultural. Estas gentes protagonizaron una serie de migraciones limitadas, aunque persistentes en el tiempo, que primero asentarían a grupos de carácter ganadero y posteriormente a otros de orientación agrícola. Uno de sus primeros registros arqueológicos lo encontramos en el yacimiento de Can Missert I (Tarrasa), con datación de hacia el 1.000 a.C., y como ejemplo del final de esta etapa contamos con el yacimiento de Els Vilars de Arbeca, un poblado del VII a.C. cuyo ca­rácter cultural (Campos de Urnas del Hie­rro I), posición y cronología lo vinculan a un claro horizonte Halls­tatt de proce­dencia centroeuropea. Este último testimonia la primera presencia peninsular de piedras hincadas antecastro, defensas difundidas una centuria más tarde entre pelendones y astures meridionales que alcanzará después al territorio de los vettones.

Para tiempo más avanzado se hace difícil distinguir ar­queológicamente otras avenidas, atribuyéndose las peculiaridades de ciertas tribus consideradas “célti­cas” tanto al propio proceso inter­no de desarrollo de su sustrato indoeuropeo como a su posterior grado de permeabilidad a la celtiberización difundida por los celtíberos.

 

III ― LLEGADA DE LAS LENGUAS INDOEUROPEAS

Como ya vimos, el registro arqueoló­gico únicamente evidencia una inmigración de carácter etnográfico: la indoeuropea de los Campos de Urnas, compuesta por una se­rie de infiltraciones demográfica­mente limitadas y efectuadas du­rante un período dilatado: grupos de cultura “Campos de Urnas” (Bronce final-Hierro I) y “Hallstatt” (Hierro I) difundidos por Cataluña y por el Va­lle del Ebro. Sobre esta premisa y desde una óptica arqueológica el resto de rasgos “célticos” deberían atribuirse a una evolución interna de esa cultura afectada por distintos particularismos regionales.

Sin embargo esa difusión tan li­mitada no aclara en absoluto un asentamiento peninsular tan extenso de lenguas “antiguo-europeas” e “indoeuro­peas”, ni en parte la cuestión del recurrido “sustrato lingüístico común”, ni la presen­cia posterior de un grupo lingüís­tico verdaderamente celta: el celtibérico.

Intentaremos abordar un acerca­miento a estas cuestiones lingüístico-culturales latentes desde antiguo.

 

     III ― 1. La cuestión de los sustratos lingüístico-culturales

 Respecto al debatido “sustrato común indoeuropeo” opinamos que pro­cedería hablar de dos sustra­tos diferentes: uno correspondiente al Bron­ce Pleno/Final y asociado tanto al Bronce Atlántico como a Cogo­tas I, y otro de estímulo centroeuropeo Campos de Urnas. Sobre este último de los Campos de Urnas cabría distinguir a su vez el correspondiente a los grupos más antiguos (Bronce Final/Hie­rro I) de orientación ganadera y eclosión cultural en torno al Alto Duero, del otro más reciente (Hierro I) de carácter agrí­cola y horizonte Hallstatt relativo a grupos principalmente asentados en torno al valle del Ebro, al que atribuiríamos la génesis “lingüístico-cultural” del gru­po celtíbero.

Tendríamos así dos sustratos indoeuropeos principales: uno antiguo-europeo atlántico y otro indoeuropeo con dos facies diferenciadas, ambas de cultura Campos de Urnas; sustratos “precélticos” sobre los que se apoyaría una posterior celtización cultural.

 

III ― 2. Primer sustrato: el “antiguo-europeo” del Bronce Atlántico

 El primer sustrato correspondería al Bronce Pleno/Final proyectándose asociado al comercio metálico de la fachada atlántica, relativo por tanto a las rutas del estaño y ceñido a navegación de cabotaje. Al­gunos autores señalan que este tipo de navegación efectuaría un “salto” desde la Bretaña a la cor­nisa cantábrica eludiendo la ac­tual zona vasca y el oriente cán­tabro (área coincidente con la zona no afectada de sustrato indoeuropeo), realizando a partir de aquí una navegación de cabotaje pegados a la costa hasta alcanzar la impresionante escollera artificial del puerto de Bares (obra de la época), puerto de refugio donde recalarían durante meses en espera de las pocas semanas al año que permitían (incluso ahora) dar un nuevo y comprometido “salto” a la Costa de la Muerte y continuar con su comercio por la fachada atlántica.

Así el sustra­to “antiguo-europeo” procedería de los prolongados contactos comerciales del mundo atlántico, presumiblemente acompañados de pequeñas migraciones, y estaría presente en toda el área indoeuropea peninsular y en el propio territorio de Tartes­sos. Más tarde quedaría difuminado en el suroeste por las colonizaciones me­diterráneas y al interior de dicha área indoeuropea debido a la implantación acumulativa del segundo sustrato Campos de Urnas (indoeuropeo precéltico) y de la propia celtiberización, permaneciendo únicamente en el caso del grupo lingüístico lusitano o lusitano-galaico, no alcanzado por estas dos últimas aculturaciones.

Es por tanto en el grupo lingüístico lusitano-galaico donde en tiempo histórico encontramos los rasgos de lengua y cultura que definen al sustrato “antiguo-europeo” vehiculado a través de la denominada “cultura atlántica”. A este primer sustrato correspondería la vivienda circular (primero de entramado vegetal y posteriormente petrificada por influencias del segundo sustrato, conforme veremos), las saunas iniciáticas, la estructu­ra social en grupos de edad, abundante hidronimia y teo­nimia antiguas, las prácticas “en­démicas” del robo, el abigeato, el bandidaje y las fratrías (vid. www.meneame.net/go?id=3722530 ), así como el propio grupo lingüístico lusitano-galaico.       

 

III ― 3. Segundo sustrato: “indoeuropeo” de Campos de Urnas

 El segundo sustrato, el propiamente “indoeuropeo”, vendría asociado a la cultura de Campos de Urnas y sería difundido en dos etapas: una antigua de carácter ganadero (Bronce Final/ Hierro I) y otra más reciente de economía agrícola (Hierro I). En todo caso y aunque su huella se presenta más difusa que en aquel primero occidental y bastante más que en la posterior celtización o celtiberización, intentaré desarrollar algunas líneas generales que nos lleven a su comprensión.

 III ― 3.1- Indoeuropeo Campos de Urnas, grupos ganaderos

Esta facies estaría relacionada con ciertos grupos ganaderos que tras cruzar el Pirineo y adentrarse en la península (IX-VIII a.C.) una parte de ellos alcanzarían aposento y eclosión cultural en torno al Alto Duero. Su impronta lingüístico-cultural sería completamente anulada al norte del Ebro por la posterior irrupción del iberismo, pero conformarían la cultura de los “castros sorianos” en el Alto Duero, desde donde difundirían en torno al VII-VI a.C. y vehiculado a través del Duero y sus afluentes el mencionado segundo sustrato “indoeuropeo”, perceptible sobre todo en la petrificación de las estructuras y lingüísticamente en la hidronimia y toponimia de esas zonas.

A través de estos ríos esta aculturación alcanzaría, con mayor o menor intensidad en función a la distancia y al carácter más o menos ganadero-pastoril de los “destinos”, a los futuros territorios autrigones y cántabros meridiona­les (Pisuerga, Arlanza, Arlanzón), a los astures meridionales (Esla, Tera, Órbigo) y a los vettones septentrionales (Tormes, Águeda, Côa). Sin embargo en el territorio arévaco-vacceo del mismo Duero su huella quedaría desdibujada debido a la arraigada presencia “Soto de la Medinilla” de carácter agrícola en la zona, así como a la posterior, fuerte y temprana celtiberización de la misma.

Este sustrato sería lingüísticamente detectable en la abundante toponimia provista del sufijo “arcaico” ‘-nt’ distribuida a lo largo de esos ríos: Visontium, Numantia, Akontia, Termantia, Confluent[ic]a, Secontia, Pintia, Septiman[ti]ca, Palantia, Lancia, Sentice, Salmantica, Pallantia, Lancia Oppidana… zonas donde también podemos encontrar sus rasgos de cultura material en la “petrificación” de la vivienda redonda del prime­ro, en el castro amurallado y con defensas, en el santuario rupes­tre (atribuido por otros al sustrato “antiguo-europeo”), y en el sistema gentilicio.

 III ― 3.2 - Indoeuropeo Campos de Urnas, gentes agrícolas

La otra facies de este segundo sustrato “indoeuropeo” estaría también relacionada con gentes de “Campos de Urnas”, aunque ya enmarcada en el Hierro I y corriendo a cuenta de ciertos grupos agrícolas de horizonte Hallstatt que encontramos asentados en torno al valle del Ebro en el VII a.C. (Vilars d’Arbeca), con registros surorientales que alcanzarían el Alto Tajo (como Reillo). Entendemos que estas gentes agrícolas de cultura “indoeuropea” llegarían acompañadas ya de una lengua, digamos, “protocelta”: la hablada por aquellos grupos centroeuropeos Hallstatt inmediatamente anteriores a la formación de la cultura de La Tène.

Su presencia “indoeuropeizaría” en mayor o menor medida a las gentes que ocupaban territorios posteriormente asignados a celtíberos orientales, a turboletes, a  lobetanos, a suessetanos… junto a otras zonas después consideradas completamente ibéricas, como el solar de sedetanos y el de ilergetes meridionales.

Este sustrato “indoeuropeo agrícola”, debido a su corta pervivencia cultural, apenas un siglo, y a resultar pronto y sucesivamente aculturado por el iberismo y por la propia celtiberización, se manifestará más diluido e imperceptible que el anterior de los grupos ganaderos y que el “antiguo-europeo” atlántico. Sin embargo acaso esto sea solo en apariencia y tal vez nos confunda, por imprevista, la propia vitalidad de unos rasgos culturales que, lejos de diluirse, evolucionarían con rapidez alcanzando una nueva y fértil  identidad: la celtibérica. Actuaría así este sustrato en la formación de la única lengua celta de la península, a la vez que en la composición de los propios pueblos celtíberos. No en vano y conforme a la arqueología de estos territorios, para el VI a.C. se hace difícil distinguir cultural y demográficamente a estos grupos “indoeuropeos” de Campos de Urnas-Hallstatt de los denominados “protoceltíberos”.

 

IV ― CELTIZACIÓN DEL ÁREA INDOEUROPEA

IV ― 1. El celtíbero, único pueblo de lengua verdaderamente “celta” en la península

A falta de desarrollo y aceptación de una serie de nuevas hipótesis que vincularían las limitadas y persistentes migraciones de grupos asociados a la “cultura atlántica del Bronce” con los pueblos celtas, a día de hoy el concepto “celta” se define sustancialmente en virtud de las lenguas utilizadas por dichos pueblos, las lenguas celtas. Y ya vimos que el área occidental de la península ofrece registros lingüísticos “antiguo-europeos”, o en todo caso “indoeuropeos”, pero siempre anteriores a la formación de las lenguas celtas tal y como las conocemos.

Quedando así lo “celta” definido por sus rasgos culturales y lingüísticos y siendo en la península tan escasos los primeros, conforme a los segundos tan solo los celtíberos se podrían considerar “celtas”. No cabe ya duda de la condición lingüística “celta del grupo celtíbero, gentes de carácter expansivo que celtizarían a su vez a una se­rie de pueblos peninsulares con sustrato lingüístico-cultural “antiguo-europeo” o “indoeuropeo”, como veremos. Ahora bien, entendiendo (según J. P. Mallory, 1.990) que la lengua celta con­taba en el continente con tres grupos lingüísticos: lepóntico, galo y celtibérico, hemos de atri­buir al celtibérico una base ar­queológico-cultural correspon­diente a un tiempo inmediatamente anterior a La Tène y aún relacionado con Hallstatt o Campos de Urnas (1.100-500 a.C.), dado que no se aprecian en la península suficientes registros arqueológicos de cultura celta de La Tène, salvo ciertos tipos de espada “lateniense” (ejem­plares celtíberos “modificados” de Gormaz, Atance, Arcóbriga… junto al vacceo de La Hoya, los vettones de Osera y Tamusia, los lusitanos de Herdade das Casas y Redondo y los célticos de Capote), además de unas cuantas fíbulas de La Tène y las adopciones “latenienses” del nordeste, éstas ya en el ámbito ibérico.

Sobre el asunto de la presencia en la península de esta lengua celta, el celtíbero, aparentemente inexplicable sin venir acompañada de aportaciones ét­nicas significativas, tal vez proceda contemplar su arribada en un momento de formación de la lengua celta continental (de ahí su arcaísmo con respecto a aquella), asociada a un entorno final de Campos de Ur­nas (Hierro I - Hallstatt), y aportada por aquellos grupos de orientación agrícola cuya presencia es detectable durante el siglo VII a.C. en el valle del Ebro y el Alto Tajo-Alto Jalón.

En estas zonas, donde quedarían sus asenta­mientos originales, se verifica en ese tiempo (VII a.C.) un proceso de ocupa­ción sistemática del territorio mediante una serie de pequeños establecimientos de carácter agrícola; proceso que resultaría abortado por el posterior abandono de la ma­yoría de esos núcleos entre final del VI y mediados del V a.C. y una inclinación al sinecismo que llevaría a la concen­tración poblacional en núcleos mayores (oppida), menos numerosos pero mejor protegidos, que conduciría a su vez a la superación del sis­tema de jefaturas tribales y a una transición progresiva a la ciu­dad-estado; entidad que resulta ya evidente a media­dos del IV a.C. en todo el territorio. Se trata de un proceso similar al experimentado con anterioridad en el ámbito ibérico, con el que la zona protoceltíbe­ra manifiesta ya acusadas relacio­nes.

El progreso material produ­cido por ese contacto ibérico convertiría a estos grupos célticos en un pueblo más capacitado y de carácter expansivo: los celtíberos; pueblo que extendería pro­gresivamente su presencia hacia occidente celtiberizando a otros pueblos (recordemos: de común sustrato) y extendiendo de esta forma su propia lengua celta como lengua de cul­tura o “lengua vehicular”, constituyéndose la misma en un rasgo de identidad propia al que ya sumar su condición de cultura superior “ciudadana” recientemente adop­tada de los íberos (la que a ellos mismos define como “celtíberos”).

Por contra las zonas orientales del solar protoceltíbero perderían su propia lengua al quedar des­pués completamente ibe­rizadas (sedetanos, ilergetes meri­dionales, tal vez olcades…); aunque de no mediar ese progre­so material celtíbero, que facultaría también la posterior adopción de la escri­tura ibérica, nunca se habría ma­nifestado esta lengua celta con la fortaleza con que hoy la conocemos (teserae, tabulae, monedas, inscrip­ciones rupestres, grafitos cerámicos, mo­saicos…), conformando uno de los tres grupos lingüísticos de las lenguas celtas (galo, celtíbero y lepóntico).

 

IV ― 2. Iberismo y celtiberización

 Sobre aquel primer sustrato “antiguo-europeo” y so­bre el segundo “indoeuropeo” se implantaría después alguna de estas dos aculturaciones: iberismo o celtiberización.

Así el iberismo, más acusa­do en la cultura material que en la lengua, afectaría a los carpetanos y a los celtíberos orientales, desdibujando el antiguo sustrato lingüístico-cultural “precéltico” de estos pueblos.

Pero serán los celtíberos los encargados de la progresiva celtiza­ción ideológica y cul­tural, que no lingüística, de todo el área indoeuropea peninsular (lusones, turmódigos, vacceos, pelendones, berones, vettones y astures cimontanos en ma­yor grado, levemente carpetanos y muy escasamente astures y cántabros tramontanos, lusitanos y galaicos; en­viando incluso contingentes ne­tos (vacceos según otros) a la periferia turdetana y a algunas ciudades del Valle del Guadalquivir, donde formarían el pueblo histórico de los celtici.

Aunque ni el iberismo ni la celtiberización alcanzarían di­rectamente al núcleo lusitano ni al galaico, resultando estos pueblos escasa e indirectamente irradiados desde, respectivamente, territorio de vettones y de astures meridionales; por lo que lusitanos y galaicos, junto a cántabros y astures tramontanos, se asoman a la historia como los pueblos menos celtizados del área indoeuropea, y en todo caso de forma escasa y tardía como demuestra su apego aún en tiempo histórico a tradi­ciones “precélticas” como la distribución aldeana (castros), la vivienda re­donda, el sistema social y gentilicio, los grupos de edad, la econo­mía…

En estos territorios el pro­ceso de romanización resultaría tan débil que los escasos rastros cél­ticos que poseían tuvieron la vir­tud de conservarse, en tanto que otros pueblos bastante más celtizados perderían aquella identidad debido a su profunda romanización (caso similar, por ejemplo, al de la con­dición ibérica de los ceretanos); apariencia que fomentaría la incli­nación tradicional a catalogar cualquier rasgo prerromano como “céltico”, pasando así por alto la procedencia cultural atlántica de dichos rasgos y la pervivencia lingüística entre estos pueblos del sustrato “antiguo-europeo”.

Bueno, pues me voy a merendar. Saludos.