En 2011 Gato Salvaje era un estudio de videojuegos modesto y en pañales. Fernando Prieto y Javier Vara —dos jóvenes enamorados del sector que habían coincidido en las aulas, primero del MCCD de la universidad herculina y luego en el MA ISCA de Palma de Mallorca— lo habían montado junto a otros socios en A Coruña apenas un año antes con más voluntad que recursos. Ni el gremio era el más sencillo, ni la época, en plena crisis, la mejor para emprender. Su escuálida plantilla de media decena de personas estaba inmersa en aquel momento en el desarro
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