Sobre la izquierda o ese pez que necesita aprender a volar

Se huele en el aire, este gobierno está a un tris de perder las próximas elecciones, a pesar de una más que decente gestión en medio de las turbulencias de epidemias, guerras y crisis, Hay varias razones, pero elijo hablar ahora solo de una de ellas: la izquierda trata de seducir votantes en su campañas con valores de la propia izquierda, dando por obvio que la apelación a esos valores es un movilizador irresistible de votos. Sin embargo una gran masa de votantes no se plantea su elección en función de valores abstractos por muy universales e intelectualmente indiscutibles puedan parecernos. Apelar al miedo a Vox, al fascismo, tiene sentido para movilizar el voto de quien en todo caso ya iba a votar a la izquierda o al menos al PSOE.Lar ideología como elección personal es una costumbre en desuso entre las nuevas generaciones que se encontraron la democracia ya fabricada. Apelar a ella es por tanto un esfuerzo que apenas generará rendimientos electorales. 

Otro caso: la insistencia en utilizar el feminismo como eje central, como piedra angular pone de manifiesto cierta fragilidad. Ciertamente que para la derecha es un flanco débil, con los reaccionarios de Vox exponiendo públicamente sus vergüenzas , pero esta centralidad del feminismo y los derechos LGTBI , año tras año, campaña tras campaña sugiere la falta de otras ideas -fuerza que pueda acompañarla. En una entrevista reciente hasta el presidente del gobierno ha manifestado que esta sobreexplotación del recurso a cierto feminismo puede tener, como las malas dietas, efecto rebote.

El problema de la izquierda es, pues, que anda más carente de ideas de lo que ella misma, intelectualmente tan pagada de sí misma, cree. Porque se aferran a fórmulas que sólo son eficaces en su propios convencidos. Difícil arañar esos cientos de miles de votos nuevos que aseguran decenas de diputados. 

Esa izquierda que se sitúa más allá del PSOE, desconoce la sociología secreta, inconsciente, del votante de clase media, o para ser exactos, que se cree de clase media. Me dirá algún lector que la clase media en realidad no existe. Como intenté explicar en este artículo :

remadmalditos.wordpress.com/2022/10/03/sobre-animales-mitologicos-la-c

 exista materialmente o no , eso da igual. Políticamente es un concepto eficaz, que gana elecciones y en lo que importa, por tanto, opera, es fuerte. diferencia de la desaparecida clase obrera. La distancia entre lo que se es y lo que cree cada uno que es no afecta al voto hasta que la realidad (la mala suerte, una decisión errónea o la lógica de la extracción de renta de tu empresa) decide estamparte en la cara esa diferencia, y eso puede tardar o no suceder nunca. No cuente la izquierda que el que se cree de clase media se descabalgue fácilmente de su deseo, de esa conciencia de clase, falsa o no.

La izquierda, en fin, no conoce la sociedad que quiere representar. La sociedad capitalista no consiste solo en leyes y negocios, también determina deseos , formas de interpretar el mundo, en ese plano micro de cada ser individual que, en algún momento, tomará la decisión de a quién votar. Esta forma de ver y leer el mundo en una sociedad capitalista desde la escuela se puede resumir en una frase. En la que señala Jorge Dioni en su nuevo libro «El malestar de las ciudades» (Ed. Arpa) » la capacidad de segregarse proprociona capital social»

La segregación o la distinción es el motor simbólico y material de la sociedad de consumo. Desde el colegio que eligen tus padres para ti (el mejor que se puedan permitir) el barrio en el que intentas vivir, el trabajo que quieres conseguir, el consumo que te puedes pagar, estamos bañados, instilados hasta en lo más profundo por la necesidad y el gusto por la distinción. Si puedes elegir lo de arriba, lo mejor, lo excelente, lo harás; ya sea un colegio, unas vacaciones o una vivienda, y en el capitalismo eso tiene una traducción monetaria inmediata: oferta y demanda. La segregación entre lo de arriba y lo de abajo, lo de aquí y lo de otro lugar, lo mejor y lo menos bueno es creadora de valor. Como en la electricidad básica, la distancia entre ánodo y cátodo, entre un bien y otro bien determina el potencial. La eliminación de esa distancia lo destruye. La ética del esfuerzo, del trabajo de miles de hombres y mujeres todos los días, se alimenta de esto tan obvio: Lucho para tener lo mejor para mi, y entonces lo mereceré. Utilizaré mi tiempo y mis habilidades por cambiar a esa urbanización con piscina, o si es posible a ese chaletito de las afueras, con vistas y buenos vecinos que se parezcan a lo que debemos ser.

Para el consumidor/trabajador la segregación es creadora de valor. La segregación . espacial, de medios, de propiedad, la antropología del hombre pos-neoliberal está empapada hasta el tuétano de ello. Y su reflejo en la política es sencillo, para este consumidor adicto a las diferencias la derecha protege la separación, la izquierda lo anula, luego la izquierda es destructora de valor. Esto es fundamental. Por eso pierde a las clases medias. Si hay algo en lo que nos educamos, en lo que estamos empapados es en esta verdad. Como el agua para el pez no nos damos cuenta de que está en todas partes y de que determina lo que pensamos.

Si la izquierda da ayudas sociales para reducir la desigualdad, este jugador innato en el tablero de las diferencias se siente estafado. La incomodidad se manifiesta en las quejas por las “paguitas”, temen que estas políticas reduzcan la separación. Igualan, eliminan distancias y por tanto su posición de relativa riqueza pierde valor. Porque la riqueza del gran capital, la de verdad, la que posee ese uno por ciento del mundo está demasiado lejos. El desagrado se produce ante la amenaza imaginada a su posición relativa en el tablero que ve todos los días.

Lo importante para ellos no es por tanto quién está en posesión de los medios de producción, ( esto ya se juega en otra liga que se ha escapado de la órbita de lo cotidiano, de lo vivido) sino el diferencial con los otros. La retórica de obreros versus burgueses no funciona, desde hace muchos decenios. Amancio Ortega es un unicornio, los del barrio de al lado, no.

Lo que se teme es la pérdida de valor de lo que poco o mucho que se ha obtenido; no importa que unos pocos, tan distantes, tengan infinitamente más. 

La cuestión nacional, el fervor actual por la bandera es otro síntoma del mismo temor. Lo que manifiesta el rechazo visceral al independentismo catalán y a ciertos discursos comprensivos con sus demandas por parte de la nueva izquierda es la rabia por la pérdida de valor del elemento simbólico, España. Si se perdiera Cataluña mis hijos heredan un bienque yo recibí, España, devaluado, reducido en su valor.

Las ultraderechas han olfateado perfectamente esta preocupación y han hurgado en esas emociones. Han construido sus campañas desde mentiras o exageraciones , pero funcionan porque en sus raíces inconscientes esas ideas falsas conectaban con temores reales: las “paguitas”, los menas , los okupas, analizando con el dato estadístico no se sostienen , su fuerza proviene pues, de este otro lado psicológico, emotivo.

Es curioso que desde la izquierda siempre se ha lamentado la escasa politización de lo que en un tiempo se llamó la mayoría silenciosa. Paradójicamente esta politización de los silenciosos en los últimos tiempos parece haberse conseguido en primer lugar por la derecha y la extrema derecha, gracias, es verdad, a la incesante labor de unos medios en manos de empresarios que, quien lo iba a imaginar, no son precisamente de izquierdas. Pero también porque esta semilla ultraderechista ha podido arraigar en este inconsciente colectivo criado en la diferenciación como fuente de valor. 

¿Cómo puede construir pues la izquierda una invocación que movilice el voto a su favor en esta situación ? Parece difícil, es como intentar ganar un partido de baloncesto en un campo en el que los jugadores solo conocen las del fútbol Se trataría de proponer aumentar el valor de las vidas materiales de cada uno sin que esa valoración pase por una degradación del valor de la vida de los otros. Enriquecer la vida propia sin empobrecer la ajena. Creo que un intento de respuesta en esta dirección lo ha intentado dar Iñigo Errejón y su partido, en sus líneas de campaña: la lucha por el derecho a la salud mental, por la semana laboral de cuatro días, por los derechos de los becarios, etc: se trataría de añadir, sumar valor en forma de calidad de vida allí donde ahora está empobrecida por el malestar y el sobretrabajo. Los resultados de las pasadas elecciones parecen indicar que esto, sin embargo, no basta. Los valores de la izquierda tienen que nadar en un mundo de tierra, o volar en un entorno tan denso como el agua. Yo no tengo la respuesta, pero al menos creo que hago una pregunta pertinente.