Una obra maestra de la propaganda pictórica (encargada por el rey de España)

Engalanado con el uniforme de general en jefe, un heroico jinete guía a sus tropas por una difícil travesía: la de los Alpes suizos. Luce un bicornio dorado va armado con un sable de estilo mameluco y está envuelto en un abrigo hinchado por el viento que corre a través de sus pliegues. Es Napoleón Bonaparte y va montado a caballo, sujetando con la mano izquierda enguantada la brida que controla el encabritamiento de su montura. Volviéndose hacia el espectador, señala en dirección al caballo con la mano derecha, que no lleva enfundada en un guante. El espectador intuye instantáneamente que está dando instrucciones a sus hombres, pues a fondo podemos ver a varios soldados que trepan por la ladera de la montaña portando trabajosamente cañones por la pendiente. Abajo a la derecha, ondea la bandera tricolor y en la parte superior un cielo cargado de grises anunciar tormenta.

El artista representa a Napoleón justamente como Napoleón quería que todo el mundo pensara que era: un hombre que podía controlar Francia y el mundo tan fácilmente como podía controlar -con una sola mano- un bravo caballo encabritado.

En el plano de la composición del cuadro, las diagonales de las montañas y las nubes chocan, reforzando la impresión de movimiento y de ascensión. Fíjate en el gran nivel de detalle y propaganda que emplea el artista: en las rocas de la esquina inferior izquierda están grabados los nombres de otros grandes conquistadores que tomaron la misma ruta para hacer historia: Aníbal y Carlomagno. De ese modo, el pintor vincula a Bonaparte como heredero de sus predecesores, unidos por la misma hazaña militar. El autor se toma la molestia de reflejar gran desgaste en la inscripción con el nombre de Aníbal (dado que cruzo los Alpes en el año 218 a. C.), un grado medio en la de Carlomagno (casi mil años después en el año 773) y ninguna en el nombre del Primer Cónsul, ya que la inscripción acaba de labrarse. El pintor añade Imp. que significa Imperator, es decir, Emperador, interpretado como un halago o una premonición, pues pocos años después Napoleón se coronaría emperador de los franceses.

El origen de este archiconocido lienzo, el más famoso de cuantos representan a Napoleón, está en España. Las victorias de Napoleón en Italia y su investidura como Primer Cónsul en 1799 ayudaron a normalizar las relaciones entre la República Francesa y la España de Carlos IV de España, maltrechas desde 1789. Mientras se entablaban conversaciones para restablecer las relaciones diplomáticas, se produjo el tradicional intercambio de regalos. Carlos IV recibió pistolas fabricadas en Versalles, vestidos de los mejores modistas parisinos, joyas para la reina y una fina armadura para el recién reelegido primer ministro, Manuel Godoy. Por su parte, Napoleón recibió dieciséis caballos españoles de las caballerizas reales, retratos del rey y la reina realizados por Goya, y un retrato del propio Primer Cónsul que debía encargarse a un pintor francés. El embajador francés en España, Charles-Jean-Marie Alquier, solicitó la ejecución de la obra al pintor francés Jacques-Louis David en nombre de Carlos, que aceptó el encargo encantado, puesto que, pese a haber sido un ardiente partidario de la Revolución, recientemente había trasladado su fervor al nuevo Consulado.

Al conocer el encargo, Bonaparte encargó a David que realizara otras tres versiones: una para el castillo de Saint-Cloud (2), otra para la biblioteca de los Inválidos (3) y una tercera para el palacio real de Milán (4), capital de la República Cisalpina. David realizó una quinta versión (5), que permaneció en sus distintos talleres hasta su muerte.

 

Las cinco versiones tienen muy pocas variaciones. La obra original, la encargada por Carlos IV, estuvo colgada en el Palacio Real de Madrid como muestra de la nueva relación entre ambos países. Fue uno de los cuadros que José I logró sacar del país cuando se vio obligado a escapar de Madrid en 1812. El cuadro terminó en Estados Unidos, hasta que en 1949 una descendiente lo donó al museo de la Malmaison. En ella, un Bonaparte de aspecto muy joven y bien parecido lleva una capa naranja y monta un caballo picazo blanco y negro.

La versión producida para el castillo de Saint-Cloud a partir de 1801 (2) fue retirada en 1814 por los soldados prusianos al mando de von Blücher, que la ofrecieron a Federico Guillermo III, rey de Prusia. Actualmente se conserva en el palacio de Charlottenburg, en Berlín. Esta versión muestra a Napoleón con una ligera sonrisa, vestido con una capa roja y montado en un caballo alazán.

La copia de 1802 de los Inválidos (3) fue desmontada y almacenada con motivo de la Restauración borbónica de 1814, pero en 1837, por orden del rey Luis Felipe, volvió a colgarse en su recién inaugurado Museo de Historia de Francia, en el palacio de Versalles, donde permanece hasta nuestros días.

La versión conservada por David hasta su muerte en 1825 (5) fue expuesta en el Bazar Bonne-Nouvelle en 1846 (donde fue comentada por Baudelaire). En 1850, la hija de David, Pauline Jeanin, se lo ofreció al presidente Luis Napoleón Bonaparte (futuro Napoleón III) y lo instaló en el palacio de las Tullerías. En 1979, fue cedido al museo del Palacio de Versalles.

La primera versión de Versalles (4) muestra a un Napoleón de aspecto severo montado en un caballo gris moteado, mientras que la segunda (5) muestra a un Napoleón más mayor, con el pelo más corto, vestido con una capa rojo anaranjado y montado en un caballo blanco y negro. Esta versión se expone hoy día en el Louvre de Abu Dhabi.

La versión de 1803 (4) fue entregada a Milán, pero confiscada en 1816 por los austriacos. Los milaneses se negaron a renunciar a ella y permaneció en la ciudad hasta 1825. Finalmente, se instaló en el Belvedere de Viena en 1834. Hoy sigue allí, en la colección de la Österreichische Galerie Belvedere. Es casi idéntica a la primera versión de Versalles.

Contexto histórico

Durante la desastrosa campaña de Egipto, Napoleón recibió malas noticias de Francia: las fuerzas austriacas habían retomado el norte de Italia, por lo que el Primer Cónsul decidió regresar a París. Para recuperar la iniciativa, Napoleón planeó lanzar un asalto sorpresa contra el ejército austriaco que se encontraba asediando al general Masséna en Génova. Partiendo de la base de que los austriacos nunca esperarían que el Ejército de Reserva de Napoleón fuera capaz de atravesar los Alpes, Napoleón se decantó por esa opción. Eligió la ruta más corta a través de los Alpes, el paso del Gran San Bernardo, que le permitiría llegar a su destino lo más rápidamente posible.

El 15 de mayo de 1800, Napoleón y su ejército de 40.000 hombres -sin contar la artillería de campaña y los trenes de equipaje- (35.000 de artillería ligera e infantería, 5.000 de caballería) iniciaron el arduo viaje a través de las montañas. Durante los cinco días que pasaron por el paso, el ejército de Napoleón consumió casi 22.000 botellas de vino, más de tonelada y media de queso y unos 800 kilos de carne.

Cuando llegaron las tropas napoleónicas, Génova ya había caído, pero Napoleón siguió adelante con la esperanza de enfrentarse a los austriacos antes de que pudieran reagruparse. El Ejército de Reserva libró una batalla en Montebello el 9 de junio antes de conseguir una victoria decisiva en la Batalla de Marengo.

Pese a que cruzar los Alpes fue una compleja y bien ejecutada operación logística en la que las tropas francesas tuvieron que escalar las montañas transportando toneladas de material y artillería (alojados en troncos de árboles ahuecados para facilitar su transporte), el heroísmo brilló por su ausencia en la forma que tuvo Napoleón de cruzar la cordillera. El 18 de mayo, Bonaparte abandonó el pueblo suizo de Martigny y se dirigió hacia el Gran San Bernardo. El 20 de mayo, vestido con un uniforme azul cubierto por una levita gris y con un bicornio de hule, montó en una mula y, escoltado por el guía Pierre Nicholas Dorsaz, cruzó el puerto sin más fanfarria.

La realidad es que Napoleón era muy mal jinete y se caía de los caballos con relativa frecuencia, para espanto de sus escoltas y edecanes. De hecho, prefería montar caballos pequeños y dóciles, algo que sabía muy bien el aristócrata inglés Arthur George, III conde de Onslow y propietario de una gran colección de objetos relacionados con la era napoleónica. En 1848 visitó el Louvre en compañía del pintor Paul Delaroche y comentó la inverosimilitud y teatralidad artificiales del cuadro de David. Encargó a Delaroche que realizara una versión más exacta, con Napoleón montado en una mula; el cuadro definitivo, Napoleón cruzando los Alpes, se terminó en 1850. Aunque el cuadro de Delaroche es más realista que la representación heroica simbólica de David, no pretendía ser denigrante: Delaroche admiraba a Bonaparte y pensaba que la hazaña no quedaba mermada por representarla de forma realista.

El cuadro de Delaroche, pintado más de treinta años después de la muerte de Napoleón, representa al entonces Primer Cónsul cruzando el paso de San Bernardo, la ruta más corta a través de los Alpes, para sorprender al ejército austriaco en Italia. A diferencia del cuadro de David sobre el mismo tema, cargado de propaganda y dramatismo, en el que Napoleón monta un corcel blanco encabritado (Château de Malmaison), Delaroche se basó en el relato del historiador Adolphe Thiers, publicado en 1845. El pensativo Napoleón cabalga a lomos de una mula lenta y de paso seguro, conducida por un guía local que camina a un lado mientras el séquito militar le sigue.

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