Fragmento de Temblor, de Rosa Montero

Antes de nuestro tiempo hubo un tiempo más antiguo. Otra civilización, un mundo diferente, muy técnico, rico en ingenios mecánicos. Tú has estudiado algunos de sus saberes en los Libros Secretos.

—Sí...

—Pues bien, ese mundo desapareció un día abruptamente, no me preguntes cómo. Poseían el secreto de una energía muy poderosa, mil veces más fuerte que el fuego, y quizá fuera eso lo que arrasó el planeta.

Puede que se tratara de un accidente, un fallo técnico. O un sabotaje, o la consecuencia de una guerra. O incluso la caída de un meteorito, no lo sé.

En sus anales, los supervivientes sólo se refieren a la Gran Catástrofe, sin especificar las causas concretas.

Los pobres infelices debieron de creer que un hecho de semejante magnitud estaría siempre presente en el recuerdo de las gentes y que no era necesario ser más explícitos. No sabían nada de la fragilidad de la memoria y de la capacidad humana para manipular la Historia.

Se detuvo, hurgó en el cestillo de los dulces con su rechoncho índice, escogió un par de ellos y se los metió en la boca.

—En el planeta no quedó nadie vivo —farfulló—. Pero en aquella era remota los humanos habían inventado la manera de navegar por los cielos, lo mismo que se navega en los océanos. En el espacio flotaban una especie de enormes barcos llamados satélites artificiales, verdaderos mundos en miniatura en los que vivían pequeñas comunidades de colonos.

Después de la Gran Catástrofe, los colonos esperaron a que la tierra se enfriara y regresaron, con todos sus animales y pertenencias, para construir un mundo nuevo.

Debían de ser criaturas nostálgicas. Aquí sólo encontraron una tierra abrasada, fulminada... y un montón de cristales.

El inmenso brasero que había consumido el planeta había dejado tras de sí un residuo sólido; los habitantes, las plantas, los animales, los soberbios edificios y las sofisticadas máquinas se habían fundido, condensado y reducido, y en su lugar sólo quedaba esa estéril cosecha de vidrios resplandecientes.

Los colonos recogieron los cristales, que no estaban repartidos uniformemente por la superficie del planeta, sino concentrados, quién sabe por qué caprichos físicos de la hecatombe, en tres o cuatro yacimientos, y los guardaron respetuosamente, como un memento de los muertos y del mundo perdido.

—Y así surgió la Ley y la adoración del Cristal... —musitó Agua Fría, fascinada.

—No tan de prisa, pequeña, no tan de prisa. Los mundos se hacen despacio, con cambios aparentemente imperceptibles...

No, al principio nadie habló de adoraciones ni de dogmas. Eran pocos, eran gentes preparadas y cultas y tenían la inapreciable oportunidad de poder empezar desde cero. Ambicionaban construir un mundo perfecto y casi lo consiguieron, porque la realidad, aunque rebelde, termina por parecerse a nuestros sueños, si éstos se sueñan con la suficiente perseverancia.

Durante muchos siglos el nuevo mundo creció y se desarrolló apaciblemente. Era una sociedad horizontal, sin jerarquías; las decisiones se tomaban de modo asambleario y los cargos ejecutivos eran desempeñados por riguroso turno rotatorio. Todos eran iguales entre sí, hasta el punto de que ni siquiera las mujeres tenían preeminencia alguna sobre los hombres. Y habían aprendido a controlar la técnica, a servirse de ella sin resultar esclavizados.

Como ves, era un mundo feliz y aburridísimo.

Océano se detuvo y se enfrascó en la trabajosa tarea de despegarse con el dedo un residuo de dulce que se había quedado adherido a sus roídas muelas.

—¿Y qué sucedió? ¿Qué falló? —urgió Agua Fría con impaciencia.

—Sucedió que crecieron demasiado, y ahí empezaron los problemas.

Al principio no existía la Mirada Preservativa; los colonos, que eran sin duda gentes románticas, establecieron desde el primer momento una sencilla ceremonia de muerte que implicaba el uso del Cristal, como emblema de la civilización perdida y recordatorio del nuevo mundo que pretendían construir.

Con el tiempo, el ritual se fue complicando; desarrollaron la Mirada Preservativa y adjudicaron un adolescente a cada anciano, y unas cuantas generaciones más tarde descubrieron

que las cosas se borraban si alguien fallecía sin haber completado la rutina.

Ya te digo que la realidad acaba por adaptarse a nuestros sueños... y a veces también a nuestras pesadillas.

Durante siglos el sistema funcionó perfectamente: todas las mujeres, todos los hombres disponían de cristales y de aprendices a los que traspasar la responsabilidad de sus memorias. Pero crecieron tanto, el mundo se pobló de tal manera, que llegó un momento en el que ya no hubo cristales para todos. De modo que se vieron en la necesidad de crear un comité que decidiera quién iba a recibir un cristal y quién no; quién podría perdurar en el recuerdo de su aprendiz y quién se vería condenado a la desolación de la muerte verdadera.

Era la primera vez que se introducía un elemento de desigualdad en ese mundo igualitario, y resultó fatal.

El delicado equilibrio se rompió; el comité de selección comenzó a adquirir un poder inmenso, y todo poder lleva en sí mismo el ansia de perpetuarse, la tentación de lo absoluto.

En algún momento de los tiempos el comité se convirtió en una casta y se creó una religión para justificar los privilegios.

Así apareció una Ley, así nació el imperio. Así surgimos nosotros, los reverenciados y venerables sacerdotes.

Océano hizo una pausa, chascó la lengua y se palmeó con satisfacción la amplia barriga.

—Los sacerdotes hicimos un pasado a nuestra medida y reescribimos la Historia del mundo. Conscientes de que el saber es la llave del poder, nos apropiamos de los conocimientos existentes. Los adelantos técnicos, los logros de nuestros antepasados, pasaron a ser patrimonio secreto y privado.

Y el pueblo olvidó. El ser humano siempre olvida.